Aokigahara susurrante

Y en la ausencia de prejuicios,
aceptación.

Se dejó asir
ante el dulce canto
que provenía del Mictlán.

Se dejó llevar
con la melodiosa voz
envuelta por el céfiro del Naraka.

Se dejó envolver
por el trémulo hálito
exhalado desde el Metnal.

Se dejó expiar
bajo el cálido palio
de la entrada del Nabangatai.

Con la certeza
que su cuerpo se mimetizaría
en ese dúctil bosque.

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